No puedo hacer que tu día tenga más horas

Pero sí ayudarte a que dejes de refugiarte en la comida y consigas vivir sin culpa.

Te levantas temprano.

Empiezas el día con un café, corriendo, organizando y solucionando la vida de todos.

Eres eficiente, capaz y pareces inagotable.

El día avanza, al igual que tus revoluciones, pero no te permites detenerte.

Saltas de una reunión a otra, resuelves problemas, cumples compromisos.
Tus logros se van acumulando pero también lo hace el cansancio.

Empiezas a sentirte agotada pero estás tan acostumbrada a ir a mil que lo has normalizado.

Hay momentos en los que eres consciente, y otros no, de que:

– Te pasas del día corriendo como si alguien te estuviera persiguiendo.

– Que “vives” con un pellizco en el pecho porque no llegas a todo.

– Y que nunca tienes tiempo para dedicarte a ti.

Pero es que siempre hay algo urgente: reuniones, proyectos, familia, imprevistos.

Lo peor es que cuando por fin llegas a casa, no te espera el descanso.

Sino la nevera vacía, los gritos de los niños peleando, el caos de una casa donde todos necesitan algo de ti.

O, quizá, el eco del silencio. La soledad de un espacio donde solo resuenan tus pensamientos

Tu cansina vocecilla interior repitiéndote que, una vez más, no te has dedicado ni un minuto para ti, que te equivocaste en la reunión o que tu cliente ha elegido a la competencia por tu ineficiencia.

En cualquier caso, es muy probable que lo último que te apetezca sea comerte el brócoli que te habías dejado hervido la noche anterior, como indicaba tu última dieta exprés para reducir la ansiedad en 2 semanas.

Cuidarte queda siempre para después. Te prometes que esta vez será diferente, que esta semana sí vas a comer sano, que te meterás antes en la cama y pagarás el gimnasio para ir de verdad.

Pero la realidad es que, una vez más, el estrés del día te lleva pasarte el día picoteando, porque «no tienes tiempo» para comer.

Y llegar a casa «muerta» de hambre y no «poder» dar plantón a la nevera.

Vuelves a repetirte en tu mente que solo te vas a comer una patata y terminas con la bolsa.

Ya que estás, te sacas una cerveza.

Y, por qué no, te mereces una onza de chocolate y acabas con la tableta.

El siguiente paso te lo sabes de sobre: culpa y remordimientos.

Tu tramposa vocecita machacona te dice:

«Otra vez has caído, eres una golosa, tienes que ser más estricta».

Pero la verdad es que:

No es falta de voluntad. No es que seas un desastre. No es que no tengas remedio.

Es que no se trata de la comida. Ni de que el reloj tenga más horas. Ni siquiera de la disciplina.

Es que nunca te han hecho las preguntas que necesitas para entender qué te pasa con la comida desde que eras niña.

Por más intentos, dietas y terapias que has probado, hasta ahora nada te ha funcionado.

Pero es que es difícil que un profesional que no se atreve a preguntarse sobre su pasado pueda llegar a la raíz del tu pelea diaria con la comida.

Ha llegado el momento de romper este ciclo y quiero ayudarte a conseguirlo.

Por eso he preparado un recurso clave para ti: «3 pasos para liberarte del estrés y la culpa con la comida».

Una guía donde te resumo años de estudios, formación y experiencia con lo único que tienes que saber para empezar a recuperar el control y vivir en paz con la comida.

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